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martes, 6 de septiembre de 2011

ESCUELAS PARA CREADORES DE DEMOCRACIA


          La imposición de la democracia es su propia negación. Este pensamiento tan elemental ha sido constantemente olvidado por los gobiernos autotitulados “defensores de la libertad”. La libertad no es algo que alguien tiene que defender, sino que es el espacio creador que nace del corazón de cada ser humano. Para encarnarla tan solo hay que abrir un camino entre la maraña de creencias limitantes, que hemos ido sembrando en nuestras mentes a lo largo de toda la historia, y que  diversos modelos de enseñanza se han encargado de alimentar y engordar.
Los potenciales multicolores de nuestros
niños necesitan de ambientes democráticos
para poder convertirse en realidad.
            Un ingrediente fundamental en una educación holística es la democratización de las aulas y de las familias. Es absurdo estudiar las constituciones en los colegios y que luego estos ignoren  los valores democráticos en su funcionamiento. Durante siglos hemos recibido una educación que predica una cosa y actúa de otra manera, esta situación refuerza el valor de la mentira como forma de vivir. No puede haber auténtica democracia si no partimos de la verdad de lo que sentimos y de lo que pensamos.
            Un creador de democracia sabe que ésta sólo merece la pena si nos permite a cada uno ser nosotros mismos, y que en el fondo la democracia sólo tiene un enemigo: la mentira. El miedo es el alimento de la mentira, por eso, si logramos trascenderlo ésta muere de pura inanición. Una educación sin miedos es la mejor garantía para crear una sociedad democrática.
            A mucho os puede parecer utópica la existencia, hoy en día, de escuelas que se gobiernen democráticamente, en plano de igualdad entre alumnos y profesores, Sin embargo, hay muchas personas que durante años han estado construyendo este tipo de colegios. Como muestra un botón, os invito a leer esta entrevista a David  Gibble:
La libertad es el espacio creador que nace
del corazón de cada ser humano.
         ¿Qué os ha parecido…? Vivimos en un mundo en el que lo que no sale en los “grandes” medios de comunicación parece que no existe, es como si éstos tuviesen el privilegio de otorgar el sello de lo que es real y de lo que no lo es.
            ¿Os gustaría visitar una escuela con funcionamiento realmente democrático…? En ella los alumnos no solo son responsables de su propio aprendizaje, sino que también la gobiernan. Es real, aunque no aparezca en nuestros televisores. Tenemos a una guía de excepción: Adriana Bertrán, a quien conocí en un seminario de Noemí Paymal en Barcelona. Al empezar a trabajar como maestra, el contacto con los adolescentes le hizo pensar que merecían algo más, y decidió salir hacia donde no llegan los medios de comunicación y conocer e investigar, in situ y por su cuenta, nuevas propuestas educativasPara iniciar la visita basta que pinchéis en el link, ¡seguro que os sorprende!:
http://wwwvivencias12.blogspot.com/2010/09/sudbury-valley-school-la-encarnacion.html
    A pesar de no poseer nuestra sociedad un modelo de escuelas democráticas, el espíritu democrático ha salido a las calles y se ha encarnado en buena parte en el Movimiento 15 M. Tal vez no haya malas democracias, sino edades en las democracias .... Si te interesa esta línea de pensamiento te invito a ver el siguiente vídeo pinchando en el link:
http://vimeo.com/24075624



DEL BLOG : LA DANZA DE LA VIDA

sábado, 3 de septiembre de 2011

FORMULA PARA CRECER


 

 Mi percepción a medida que envejezco es que no hay años malos. Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, pero malos no son. Creo firmemente que la forma en que se debería evaluar un año tendría más que ver con cuánto fuimos capaces de amar, de perdonar, de reír, de aprender cosas nuevas, de haber desafiado nuestros egos y nuestros apegos. Por eso, no debiéramos tenerle miedo al sufrimiento ni al tan temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje.
Nos cuesta mucho entender que la vida y el cómo vivirla depende de nosotros, el cómo enganchamos con las cosas que no queremos, depende sólo del cultivo de la voluntad. Si no me gusta la vida que tengo, deberé desarrollar las estrategias para cambiarla, pero está en mi voluntad el poder hacerlo. “Ser feliz es una decisión”, no nos olvidemos de eso.

Entonces, con estos criterios me preguntaba qué tenía que hacer yo para poder construir un buen año  porque todos estamos en el camino de aprender todos los días a ser mejores y de entender que a esta vida vinimos a tres cosas:
-a aprender a amar
-a dejar huella
-a ser felices

En esas tres cosas debiéramos trabajar todos los días, el tema es cómo y creo que hay tres factores que ayudan en estos puntos:

   -Aprender a amar la responsabilidad como una instancia de crecimiento. El trabajo sea remunerado o no,  dignifica el alma y el espíritu y nos hace bien en nuestra salud mental.
Ahora el significado del cansancio es visto como algo negativo de lo cual debemos deshacernos y no cómo el privilegio de estar cansados porque eso significa que estamos entregando lo mejor de nosotros. A esta tierra vinimos a cansarnos,....... para dormir tenemos siglos después.

   -Valorar la libertad como una forma de vencerme a mi misma y entender que ser libre no es hacer lo que yo quiero. Quizás deberíamos ejercer nuestra libertad haciendo lo que debemos con placer y decir que estamos felizmente agotados y así poder amar más y mejor.

   -El tercer y último punto a cultivar el desarrollo de la fuerza de voluntad, ese maravilloso talento de poder esperar, de postergar gratificaciones inmediatas en pos de cosas mejores.
Hacernos cariño y tratarnos bien como país y como familia, saludarnos en los ascensores, saludar a los guardias, a los choferes de las micros, sonreír por lo menos una o varias veces al día. Querernos.

Crear calidez dentro de nuestras casas, hogares, y para eso tiene que haber olor a comida, cojines aplastados y hasta manchados, cierto desorden que acuse que ahí hay vida. Nuestras casas independientes de los recursos se están volviendo demasiado perfectas que parece que nadie puede vivir adentro.
Tratemos de crecer en lo espiritual, cualquiera sea la visión de ello. La trascendencia y el darle sentido a lo que hacemos tiene que ver con la inteligencia espiritual.

Tratemos de dosificar la tecnología y demos paso a la conversación, a los juegos “antiguos”, a los encuentros familiares, a los encuentros con amigos, dentro de casa. Valoremos la intimidad, el calor y el amor dentro de nuestras familias.

Si logramos trabajar en estos puntos y yo me comprometo a intentarlo habremos decretado ser felices, lo cual no nos exime de los problemas, pero nos hace entender que la única diferencia entre alguien feliz o no, no tiene que ver con los problemas que tengamos sino que con la ACTITUD con la cual enfrentemos lo que nos toca..

             
 
 
Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan.
Y que en cambio, con las penas pasa al revés. Se achican.
Tal vez lo que sucede, es que al compartir, lo que se dilata es el corazón.
Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías
y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro.
MAMERTO MENAPACE


    Pilar Sordo

jueves, 1 de septiembre de 2011

Acompañando el aprendizaje integral...



"La educación adecuada propone el despertar de la inteligencia, la promoción de una vida integrada, y sólo tal educación puede crear una cultura nueva y un mundo de paz; pero para que surja esta nueva educación debemos hacer un nuevo comienzo en una base totalmente diferente” Krishnamurti

Facilitar el aprendizaje y el cambio
 
“El único hombre que está educado es aquel que ha aprendido a cómo aprender; el hombre que ha aprendido cómo adaptarse al cambio; el hombre que ha aprendido que ningún conocimiento es seguro, que solamente el proceso de buscar conocimiento proporciona bases para la seguridad”
Carl Rogers (1995)
La educación ha de proporcionar ciencia y conciencia, conocimiento de las cosas y actitud correcta ante ellas. No puede quedarse en la ciencia, sino que debe formar conciencias. La ciencia sin conciencia no genera seres libres ni responsables, que es el objetivo básico de la educación. Nos encontramos aquí con toda la problemática de la comunicación de masas. Los individuos reciben gran cantidad de información formal y no formal. Si no están bien formados, son fácilmente influenciables y pueden no distinguir lo que es bueno para el individuo y la especie de lo que no lo es.
La formación de la conciencia exige que el aprendizaje se vierta también hacia el interior. El auténtico aprendizaje educativo pide al sujeto su implicación total y la puesta en juego de toda su personalidad, tanto en su faceta intelectual como emocional y espiritual.
En el proceso educativo los jóvenes tienen que mostrar su curiosidad, enfocarse en sus intereses, despertarlos y cuidarlos; han de explorar cosas nuevas y reconocer que todo lo que les rodea se halla en proceso permanente de cambio y que su ejercicio profesional puede estar sometido también a cambios deseados  o no deseados; necesitan saber que su vida debe ser un aprendizaje continuo y que tiene que vivirla en proceso continuo de cambio.
La formación y actitud de padres y educadores es básica para que esto se consiga. El miedo al cambio se transmite muy fácilmente y con él no se facilita ni el aprendizaje ni el propio cambio. Frases como “esto no es para mí”, “yo ya no tengo edad”, “me da miedo meterme en esto” reflejan esa actitud de miedo ante el cambio.
La educación debe facilitar las experiencias personales y tener en cuenta las ideas y experiencias previas de los alumnos.
Todos los alumnos llevan a las aulas una serie de conocimientos, vivencias y valores muy personales e intransferibles. Los maestros y profesores no pueden dejarlos de lado y plantear sus clases como si fueran impartidas para un ”ciudadano-alumno medio o anónimo”. Los estudiantes tienen nombres y apellidos, su biografía personal y su propia existencia.
Los modernos pedagogos recomiendan, que antes de empezar a explicar un tema, se parta de las ideas previas que tienen los alumnos sobre él. Es preciso conocer el nivel de conocimientos que ellos poseen, para poder ajustar la enseñanza. De esta forma, el aprendizaje se convierte en algo significativo.
Raramente los educadores se interesan por “los sentimientos previos” de sus alumnos o por sus problemas afectivos, emocionales o familiares. Sólo cuando llegan los momentos de crisis, con conductas disruptivas o graves conflictos, comienzan a investigar y a buscar las causas.
“Las cosas son así porque las dice Fulano” no resuena en ellos, y comienzan a rechazar a temprana edad, el principio de autoridad. Desean adquirir el conocimiento de primera mano, sin condicionamientos previos. No podemos limitarnos a darles sólo conceptos o palabras, sino hacer que lleguen a una experiencia interior de ellas.
Difícilmente va a poder saber  un alumno lo que es la concentración  o la paz si no ha tenido experiencias de concentración o de paz. “Hablar de la  paz, no es lo mismo que sentir y vivir la paz”. Lo primero es intelectual, externo; lo segundo, emocional, espiritual, y llega a implicar a toda la personalidad.
“Los niños y jóvenes del tercer milenio- Guía Práctica para Padres y Educadores.” Editorial Sirio-
Carlos Espinosa Manso-Walter Maverino-Noemí Paymal

GRACIAS LILAH POR TU APORTE!!!!!!

sábado, 9 de julio de 2011

La “presencia” del adulto acompañando el juego del niño/a




Mi recorrido antes de trabajar con niños viene del ámbito de la psicología humanista.
Después de participar varios años del programa de formación SAT dirigido por Claudio
Naranjo, una visión integradora de la psicología y de crecimiento personal, llegué al
mundo de la educación y de los niños. Cuando conocí uno de los proyectos educativos
de los que participo actualmente, La Caseta, pensé que no había tanta diferencia entre
lo que yo vivía en estos encuentros de crecimiento personal como adulto y cómo se
deberían sentir estos niños en ese espacio de juego, experimentación, comunicación,
respeto y amor.
Un espacio donde los niños y niñas son mirados amorosamente, son cuidados,
acogidos y sobretodo donde existe un marco suficientemente preparado como para
que cada uno, en la medida de sus posibilidades, pueda ir escogiendo qué quiere
hacer, dónde, a qué y con quién quiere jugar y sobretodo pueda expresar sus
emociones y necesidades en todo momento. Un ambiente preparado para el
crecimiento, tanto de niños como de adultos.
Las dos palabras que me resuenan en común a estos dos ambientes son: la presencia
y la actitud amorosa.
Presencia y actitud amorosa hacia mí y hacia los otros.
Parto de considerar que el acompañar la crianza está basado en un sentimiento de
amor, de cuidado, de respeto por el alma, la esencia o como queramos llamarle… esto
que trasciende lo que podemos ver y tocar del otr@. Esta actitud amorosa está en
consonancia con una aceptación muy profunda de mi misma y del otr@.
Mi otro supuesto es que para acompañar a un niñ@ es imprescindible ser y estar en el
aquí y ahora, lo más presente posible en una actitud de apertura emocional para poder
vibrar en su sintonía.
Tampoco hablo de un adulto en actitud meditativa todo el tiempo. Así como Winnicott
planteaba que para un niño no era necesario tener una madre perfecta sino una madre
“suficientemente buena”, también podríamos pensar que el niño necesita un adulto
“suficientemente presente” a su lado.
La actitud de quien acompaña hace la diferencia.
Hace la diferencia entre el juego de un niño en el parque, con su mamá sentada en el
banco conversando con otras mamás, a un espacio donde el niño siente reconocido en
la mirada de su mamá o de los adultos que le acompañan. En donde los adultos
acompañan su exploración del espacio y su juego.1
1 No hago un juicio de valor en relación a esta diferencia, sino simplemente describo dos situaciones que ilustran dos formas de estar con un niño.
El adulto, sin dirigir la experiencia del niño, puede participar de ella con su presencia
como “compañero simbólico” de juego.
Tomo el concepto de “compañero simbólico” de juego de Bernard Aucouturier: en
tanto no somos niños jugando, somos adultos que podemos jugar con el niño o
acompañarlo en su juego más o menos activamente desde una situación de asimetría y
sobretodo siendo garantía de su seguridad física y emocional.
Hasta aquí no diferencio entre el lugar de los diferentes adultos acompañando al niño,
hablo de presencia y actitud amorosa tanto de una madre como de un educador/a.
Pero qué sería lo específico de la función o el rol de un adulto en un espacio familiar o
un espacio de juego compartido con madres/padres y profesionales que acompañan
este encuentro.
El proceso de la maternidad implica, si hay una apertura a vivirlo, un gran proceso de
introspección para la mujer. El encuentro con su propia sombra, al decir de Laura
Gutman. La mujer se encuentra frente a una experiencia muy profunda que la lleva a
una conexión consigo misma, con su propia historia y la de sus generaciones pasadas.
Probablemente ha de ser una de las experiencias más intensas y movilizadoras en este
sentido.
Winnicott hablaba del concepto de Preocupación Maternal Primaria, como ese estado
que la mujer adopta instintiva e intuitivamente con la maternidad, y que se caracteriza
por un estado de especial apertura emocional, empatía y capacidad para identificarse
con su bebé y así poder responder a sus demandas. Responder no desde lo que
“pienso que necesita”, sino desde lo que “siento y sé que necesita”. Es un registro que
tiene que ver con el desarrollo de una hipersensibilidad que permite saber con certeza
qué necesita el bebé en ese momento.
Algo de esto está relacionado con la presencia de la que hablaba anteriormente.
Un educador/a que se encuentra en un espacio preparado para acoger a niños y sus
mamás y/o papás ha de tener esa posibilidad interna de conectar con este estado de
apertura emocional para realmente estar preparado a “escuchar” esto que no tiene que
ver con las palabras o para “saber” esto que no se puede saber desde la razón o el
pensamiento.
Es decir, el adulto que acompaña a una díada de juego madre/hij@ ha de poder entrar
y salir de este registro emocional que comparten la madre y el niñ@, para poder desde
allí acompañarlos en esa experiencia tan profunda del encuentro.
El adulto que acompaña, también ha de tener esta posibilidad de apertura emocional y
de hipersensibilidad, para dejarse impactar por lo que allí sucede y para, a partir de
ese impacto, acompañar la experiencia.
Esto puede implicar intervenir –actuando o no-, y sobretodo implica acompañar sin
dirigir la experiencia y sin invadir esta relación tan íntima que se establece en el juego
de una mamá con su hij@.
La presencia del profesional garantiza en un espacio de juego compartido donde
participan varias familias, un ambiente suficientemente libre de tensiones. Es decir, la
función del educador será la de garantizar que se preserve ese ambiente armónico y
que puedan convivir varios proyectos de exploración y juego simultáneamente en el
mismo espacio en un clima de respeto mutuo.
Desde este tipo de presencia, en donde el educador también conecta con su emoción,
su instinto o intuición, además de con su razón, es que este profesional está disponible
para acompañar los conflictos que puedan surgir, las dificultades para poner o respetar
los límites, las diferencias entre los estilos de cada familia, etc…
¿Cómo se aprende esto de la “presencia”?
Quizás podríamos decir que esta capacidad de estar presente no se aprende, cada
uno la construye. Así como nadie enseña a nadie, sino que cada uno realiza su propio
proceso de aprendizaje en un contexto que lo facilita, el desarrollo de la presencia será
un proceso donde cada uno será el protagonista de su historia.
La presencia es la consciencia de mi misma, de mis emociones, de mi cuerpo, de mis
pensamientos. A partir de estar centrada en mi, puedo percibir a los otros desde allí.
Consciente de mis emociones, mis pensamientos o mis impulsos puedo discernir lo que
me es propio de lo que no, lo que puedo estar proyectando de mi, de mi historia, de mi
carácter, de mi forma de ser y percibir el mundo en un conflicto o en cualquier
situación.
Esta consciencia de mí me permite estar disponible emocionalmente para el otro, me
permite desarrollar la escucha en el sentido más amplio.
Entonces si es todo esto, es imposible que se pueda aprender por la vía tradicional: a
través del intelecto o la razón. El trabajar sobre la presencia del educador/a implica un
trabajo que parte de la propia vivencia para luego pasar al lenguaje verbal.
Existe una gran diversidad de caminos a través de los cuales trabajar sobre la
consciencia de uno mismo, pero todas requieren la implicación vivencial y sobretodo el
trabajo personal o de autoconocimiento.
Para aprender a caminar
el niño tiene que estar en un contexto
en donde las personas caminen
Para aprender a hablar
es necesario que el niño esté rodeado
de personas que hablen
Para crecer,
es necesario que los niños
estén en un entorno donde las personas crezcan
Este trabajo de autoconocimiento o introspección en tanto implica ampliar nuestra
consciencia, necesariamente tiene que ver con un trabajo de crecimiento personal.
Qué aspectos externos e internos influyen en el estar presente
Los niños viven el aquí y el ahora de forma natural y espontánea.
Viven en conexión directa con sus estados emocionales, con su cuerpo, su movimiento,
su placer y su displacer. Si un niño ha sido suficientemente respetado no perderá esa
conexión innata con sus propias necesidades vitales, con su consciencia de sentir frío o
calor, hambre o sed, si necesita estar solo o acompañado…. Y si ha sido
suficientemente escuchado y respetado también será capaz de identificar cómo se
siente en cada momento, si siente tristeza, rabia, alegría o placer, más allá de que le
pueda adjudicar una palabra a la emoción.
Pero los adultos generalmente necesitamos transitar por otros caminos que nos
permitan volver a estar nuevamente conectados a nuestro cuerpo, nuestras emociones
y nuestros pensamientos más genuinos. Necesitamos traspasar nuestros miedos,
bloqueos, prejuicios, ideas introyectadas desde el exterior, desconexiones con nuestro
mundo emocional… Es decir, los adultos necesitamos pasar por un proceso de trabajo
personal para llegar hasta allí.
Dentro de un ambiente preparado para el juego de niñ@s y padres hay aspectos que
también de alguna manera favorecen u obstaculizan este estar presente, aunque
tampoco son garantía de ello.
La práctica del silencio y el evitar la utilización del lenguaje innecesariamente,
generalmente en momentos de incertidumbre, de no saber qué hacer, de sentir la
sensación de “no estar haciendo nada” es una cuestión importante. El lenguaje muchas
veces es la mejor herramienta para evadirnos de una situación que nos incomoda o
simplemente de evitar la sensación de “vacío”. El lenguaje nos lleva a lo racional, por
lo que suele evadirnos de una situación que nos genere una emoción intensa que
quizás no estemos viviendo placenteramente. Frente a la angustia de la incertidumbre
la palabra me distrae, generalmente me lleva a otra situación, al pasado o al futuro.
También podemos pensar en la práctica del silencio interno como un ejercicio que
favorece esta cualidad de nuestra presencia. Como si se tratara de una práctica
meditativa de silenciar nuestra mente, nuestros pensamientos, vaciarnos de nuestros
propios enredos mentales, prejuicios, ideas, teorías, modelos etc. Sólo a través de este
estado vacío de la mente es que encontraremos una comunicación auténtica con el
niño. “En una mente silenciosa el niño encuentra espacio”.2
Muchas veces se dice desde la teoría, que en el trabajo con niños pequeños, los
adultos “prestamos” el lenguaje al niño, o “ponemos en palabras” lo que el niño
todavía no puede hacer por sí mismo. Siento que muchas veces esto puede ser
2 Juan, Pere. Material diseñado para módulos de formación del ICE. Año 2006.
ajustado, pero otras veces, he observado que mi lenguaje puede distorsionar o dirigir
la experiencia del niño cuando mi descripción de lo que él está haciendo también
implica una interpretación. Y hasta algunas veces la descripción de lo que el niño está
haciendo “sobra”, porque ya lo está haciendo y no necesita que nadie relate lo que él
está experimentando por sí mismo.
Sí encuentro que el lenguaje tiene un sentido cuando la experiencia que el niño está
viviendo percibimos que desborda su capacidad de comprensión y “asimilación”. Por
ejemplo, cuando un niño se asusta frente a una caída brusca e inesperada
invadiéndole una emoción que lo desborda en su capacidad de comprensión. En este
momento nuestro lenguaje que pone en palabras su miedo o su susto, es parte de
nuestro acompañarlo en esta vivencia displacentera y le hace sentir que estamos allí a
su lado para acompañarlo y sostenerlo en esta experiencia desagradable también. Con
nuestra palabra construimos un puente entre su emoción y su comprensión.
En un espacio de juego donde conviven niñ@s y adultos es importante también
minimizar el lenguaje verbal entre los adultos. Si la norma del espacio es que los
adultos durante un determinado tiempo-espacio estemos exclusivamente con los niños
y compartiendo este espacio con otros adultos pero con la mínima utilización del
lenguaje verbal, realmente hay algo del clima que se genera que potencia la
experiencia increíblemente. Las conversaciones entre los adultos en este tipo de
espacio de juego “invaden” el espacio de los niños y lo monopolizan con la energía del
mundo adulto.
Cuando los niños se sienten escuchados y respetados durante el tiempo necesario
luego son capaces de respetar también los espacios que los adultos nos reservamos
para hablar de la experiencia y lo que necesitemos compartir sobre nuestras
percepciones y vivencias.
Al decir de Agnès Szanto, el tiempo de los bebés es infinito, el instante
de malestar o de sufrimiento es infinito como así también el de
bienestar y el de alegría. Son las vivencias que dejan huellas, que
abren o cierran al mundo. Esto implica para los adultos, la familia, los
profesionales y la sociedad una gran responsabilidad y un
extraordinario desafío porque es en los más pequeños detalles de la
vida cotidiana que se concretan o naufragan las más bellas teorías.3
Verónica Antón
3 “Los Organizadores del Desarrollo”. Myrtha Hebe Chokler